La lluvia cae sin piedad sobre la ciudad. Grandes riachuelos se forman en las calles que hasta hace unas horas rebosaban de gente, ahora convertidas en un lienzo gris y húmedo. Son pocos los establecimientos que aún no han echado el cierre y cada vez menos son los transeúntes que se aventuran en las aceras, solo quedan los que corren a toda velocidad para resguardarse de la riada. El hombre, embutido en su camisa negra y elegante, conjuntado con unos pantalones de pana grises apretados, mira melancólico hacia el exterior, incapaz siquiera de pensar, totalmente absorbido por el paisaje lluvioso. Los negros nubarrones ocultan parte de los rascacielos más altos, un fugaz relámpago hace presencia en el cielo, quedando claro que todavía no se divisa final para la lluvia.
En el apartamento las luces están apagadas y la oscuridad ya se palpa en cada uno de sus rincones. Pero él parece no pertenecer a esta dimensión, apoyado en la ventana, son moverse un centímetro, como una estatua. Sus ojos, marrones y profundos, fijan la mirada en las gruesas gotas de agua que caen sin cesar.
Su madre lee una novela de John LeCarré frente al mar. El tiempo no acompaña precisamente y el calor veraniego se disipa por un viento frío y más propio del otoño, a la vez que espesas nubes cubren el cielo y anuncian una posible tormenta. Pero ella continúa afanada en su novela, pensativa. La ve de espaldas, joven y vigorosa, con una sonrisa en los labios, seguramente no solo por que este disfrutando de la lectura, también por la feliz tranquilidad que siente en su alma. El mar le moja sus pies, las olas se estrellan con fuerza sobre el agua, como un ahogado rugido de la naturaleza. El continúa jugando con su hermana a los tazos, hasta que las primeras gotas de lluvia caen y es su misma madre la que, tras levantarse apresuradamente de la arena, los recoge y los lleva adentro, antes de que el gran chaparrón caiga sobre ellos.
Sin embargo, esa imagen de su madre leyendo frente al mar, tan bella, que tanto paz y sosiego transmite con solo vislumbrarla, no se le olvidó y ahora, apoyado sobre la ventana, roto por ese amor que lo plantó hace apenas unos minutos via SMS, dicho recuerdo se instala en su mente repentinamente, lo desbloquea, y de forma casi natural, reconforta su corazón.
Mira la hora. Tres y cuarto. Quizás necesite dormir, o simplemente ver algo que lo evada del martirio mental por el mar de amores, ya sea una serie o su película favorita. O incluso leerse una novela, puede que policíaca, un clásico de Agatha Christie o de James Ellroy, LeCarré quizás para otra ocasión. La lluvia continúa fuera y de hecho arrecia, pero dentro se está seco y cómodo, sin que el exterior afecte al interior.
A pesar que hace ya dos años que su madre falleció, el hombre, hoy, la siente más que nunca y le agradece, una vez más, que le haya devuelto esa felicidad que tan perdida creía tener, a través de su simple pero viva imagen frente al embravecido mar, con una sonrisa en los labios.
En el apartamento las luces están apagadas y la oscuridad ya se palpa en cada uno de sus rincones. Pero él parece no pertenecer a esta dimensión, apoyado en la ventana, son moverse un centímetro, como una estatua. Sus ojos, marrones y profundos, fijan la mirada en las gruesas gotas de agua que caen sin cesar.
Su madre lee una novela de John LeCarré frente al mar. El tiempo no acompaña precisamente y el calor veraniego se disipa por un viento frío y más propio del otoño, a la vez que espesas nubes cubren el cielo y anuncian una posible tormenta. Pero ella continúa afanada en su novela, pensativa. La ve de espaldas, joven y vigorosa, con una sonrisa en los labios, seguramente no solo por que este disfrutando de la lectura, también por la feliz tranquilidad que siente en su alma. El mar le moja sus pies, las olas se estrellan con fuerza sobre el agua, como un ahogado rugido de la naturaleza. El continúa jugando con su hermana a los tazos, hasta que las primeras gotas de lluvia caen y es su misma madre la que, tras levantarse apresuradamente de la arena, los recoge y los lleva adentro, antes de que el gran chaparrón caiga sobre ellos.
Sin embargo, esa imagen de su madre leyendo frente al mar, tan bella, que tanto paz y sosiego transmite con solo vislumbrarla, no se le olvidó y ahora, apoyado sobre la ventana, roto por ese amor que lo plantó hace apenas unos minutos via SMS, dicho recuerdo se instala en su mente repentinamente, lo desbloquea, y de forma casi natural, reconforta su corazón.
Mira la hora. Tres y cuarto. Quizás necesite dormir, o simplemente ver algo que lo evada del martirio mental por el mar de amores, ya sea una serie o su película favorita. O incluso leerse una novela, puede que policíaca, un clásico de Agatha Christie o de James Ellroy, LeCarré quizás para otra ocasión. La lluvia continúa fuera y de hecho arrecia, pero dentro se está seco y cómodo, sin que el exterior afecte al interior.
A pesar que hace ya dos años que su madre falleció, el hombre, hoy, la siente más que nunca y le agradece, una vez más, que le haya devuelto esa felicidad que tan perdida creía tener, a través de su simple pero viva imagen frente al embravecido mar, con una sonrisa en los labios.
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