El mar,
la vasta extensión del agua,
su color dependiente del de los cielos,
agua que refresca,
que ahoga
que encanta.
Su brillo al sol,
los días en la playa,
las moragas en la noche,
y el atardecer de película,
sol que se despide
y que sale para el nuevo día.
Mar que te hace pensar,
el océano de nuestra vidas,
las olas de nuestro interior,
turbaciones del alma,
dolorosas y amenazantes,
que prefieres ignorar,
pero que siguen allí,
para ahogar.
Mar que ruge,
olas que devoran,
barcos que zarpan,
que pueden volver o no.
Olas grandes que llaman tsunamis.
Mar que grita,
que sonríe,
que reflexiona,
que se enfada.
Mientras los humanos contemplamos,
sentados en algún banco frente a él,
inmersos en la reflexión,
sin saber adonde ir,
en la deriva o en la llegada a puerto.
En las tempestades o los días de ensueño,
como el Titanic en sus últimos momentos,
o como Colón partiendo hacia el nuevo continente,
zarpamos hacía un destino,
y las olas pueden golpearnos,
o mecernos suavemente.
Pero el timón es nuestro,
siempre.
El mar,
agua que fascina.