El vaquero cruza el desierto paisaje de Arizona, con su fiel caballo de pura sangre, atravesando pueblos y ciudades, desierto y más desierto, imparable hacia un destino incierto. La soledad es lo que lo caracteriza, sin amigos ni familia, sin gente a la que le importe. Por las noches acampa en medio de la nada, y duerme lo suficiente para seguir cabalgando todo el día. Su cabeza anda vacía de pensamiento durante la mayor parte del tiempo y su única preocupación consiste en viajar lo máximo posible, hasta que su destrozado cuerpo le diga basta.
Y es que su vida, nómada y salvaje, se debe a un intento por huir de los traumas del pasado, de ese amor imposible, de ese enemigo al que no derrotó, de esa familia que perdió, de esa vida que se esfumó. En el silencio del desierto, cuando el cielo se torna oscuro y salen las estrellas, a montones, el jinete se queda contemplándolas, absorto. Parece como si cada estrella fuera un punto más de su vida, una especie de historia cósmica que desaparecerá de sus ojos con el alba, como si nunca hubiese existido tal constelación. Remonta la carrera a caballo, enfrentando el seco viento que va en su contra, sin nada más que perder, con el único objetivo de viajar, llegar si es posible a las minas de oro en Tennesse o a los campos de algodón de Alabama, o quizás incluso se topase con alguna ruina de la Guerra Civil. Sea lo que le esté deparando el camino, no tiene miedo. Esta dispuesto a llegar hasta el final de todo, hasta que sus fuerzas le impidan dar un paso más y solo le quede encontrarse con su propio corazón, el cuál le suplica atención.
Porque jamás podremos ignorar nuestra propia vida.
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